4.18.2011

Fix

La mañana está tibia porque está nublado y parece que va a llover. Aquí no llueve casi nunca, tenemos como 300 días de sol al año. Anoche le dijiste a Esteban que no encerrara a la gata en el baño, que los niños que hacen eso son los que adoran al diablo. El pequeño te ha respondido que, de todas maneras, el diablo no existe.

No puedo dejar de pensar en las fotos del otro día en el diario, de los ritos satánicos que hacen esos jóvenes perdidos en Villa Alemana, en la costa. Estrellas de cinco puntas dibujadas sobre 4 metros de suelo, usando la sangre de felinos degollados como tinta, sus cuerpos sin cabeza coronando cada una de las cinco puntas. Todo ello, hecho de noche. Las botellas con sangre dan prueba de que también se la bebían. Me es difícil apartar del espíritu que el mal existe, y me da escalofríos.

Me has dejado leer tu libro de Bugalkov mientras redactas algo para la universidad. He caído al final, en ese cuento que se llama morfina y me ha gustado mucho. Creo que, fuera de Baudelaire, es de las historias de adicción más antiguas que he leído, y esta vez se trata de algo químico. El ruso escribe de manera fría y desgarrada como un médico cae en los paraísos artificiales para hundir su salud cada vez más, al tiempo que conserva una lucidez avasalladora. El tipo termina por desaparecer del todo, con el cuerpo consumido.

Me digo que hay métodos más naturales para volarse la cabeza, y pienso en esa hierba que toman los gatos. Hédera algo, creo que se llama. Ellos se ponen a jugar mareados, babear y darse vueltas rodando sobre sus espaldas por el suelo. Es divertido. El hecho es que también se vuelven adictos, y que se comen las flores de la planta. Las flores, como las del cáñamo o las de la amapola.

Trato de escribir algo. Nunca me decido. A veces pienso en que moriré sin haberlo hecho y me da nauseas. La otra noche, soñé que una mano invisible me ahorcaba, apagaba todas las luces, y al salir al pasillo del edificio, me encontraba con dos negros gordos con capucha y lepra en sus rostros. De veras tuve miedo. Me desperté rezando, y ya no creo en la iglesia desde hace siglos. Así de asustado. Miro hacia los árboles del jardín de abajo. Está encerrado entre muros y techos de edificios antiguos, y se ve frondoso. Es una de las cosas que me gustó de este departamento, ese contraste, el mismo entre ello y estar en el medio de esta ciudad, de esta jodida ciudad.