Estaba la sobrina de una escritora obscena y genial, reconocida y con varias obras entre la vanguardia de su tiempo.
Qué guapa que era.
‘Te irás pronto, ten fe, ya volverás a Europa’, me dijo.
Vimos buenas pelis charlando en el sofá hasta que las enfermeras nos tomaron la presión y nos mandaron a dormir.
Me preguntó por el lago donde vivía. Se lo describí, lo encontró hermoso y me comentó que había vivido al sur de Europa, creo que con su ex -marido.
Encendió un último cigarrillo, me acarició el pelo y se fue a dormir.
Llevaba una camiseta rosada y un pantalón de piyamas del mismo color debajo de la bata negra, qué delgada que era. ‘La maja’, le decían, por su pasado en España.
Su piel parecía aún más bronceada en la oscuridad. Desde la ventana veíamos toda la ciudad. Las luces ahí debajo de las colinas en el valle, las calles como hileras interminables de tendidos cableados como un enorme árbol de navidad, como una red que se mostraba tan lejana e hipnótica. O son los sedantes que comienzan a hacer efecto. No lo sé, me siento muy drogado pero plácido.
Carla me toma la mano y se excusa porque en realidad quiere tomar el control remoto y cambiar la tele. Veo a un tipo igual al de Dream on y me río. Creo que es él. Carla se enoja porque dice que nunca la tomo en cuenta cuando la chica de la bata negra se va a acostar. No lo sé. Sólo sé que he perdido la noción del tiempo y que mis pupilas están enormes. La enfermera gorda se ha quedado dormida y me equivoco de dormitorio y llego al de Clara, la sobrina de la escritora.
Clara me dice que ha pasado un siglo desde que se vino a acostar, con estas pastillas, nunca se sabe cuando el tiempo comienza o cuando se detiene.
¿Cómo se llama tú tía?
-Valentina, Valentina Vera.
-¿Crees que si parto y viajo la podré conocer?
-Sí claro.
Clara tiene la ventana abierta y tengo frío.
Le pregunto si puedo recostarme un rato a su lado y ella abre las sábanas.
Su dedo índice dibuja ahora la forma de mi nariz mientras leo unas páginas de la novela de Valentina que su sobrina tiene en el velador.
Clara tiene dos pecas al lado izquierdo de la cara y dos ojos gigantes, entre pardos y verdes.
Puedo oír su respiración.
Inmóviles, nos dormimos al tiempo que los pájaros comienzan a cantar.
No sé cuánto pasó entre que nos quedamos abrazados y el sueño final. Esta droga es fuerte y plácida, la mejor que nos han dado hasta ahora.